Empecé un post y lo deseché, me hubiera gustado poder estrujarlo entre las manos y redondearlo como a una bolita de papel. O por lo menos esa fue la imagen que acudió a mi mente automáticamente mientras lo borraba. Si es que al final va a tener razón Juan José Millás en eso de que el que es tonto en analógico es tonto en digital. Vaya... que soy gilipollas, un año casi en la blogosfera y aún no me acostumbro.
Y, ¿qué es un año si se tiene que resumir en 365 palabras? La verdad que no sabría comprimirlo tanto, me dejaría las cosas importantes en el tintero (otra vez el ramalazo analógico), así que me limitaré a dar destellos de lucidez y locura únicamente. En el otro post hablaba de los referentes comunes a la hora de recordar el 2008, guerras, elecciones, crisis, pelis, amores... Cosas que todos vamos a señalar con el dedo si se habla de una fecha, vaya. Pero también se pueden evocar esos referentes desde la cotidianeidad.
¿Quién no se ha puesto un reto para el año siguiente al término del anterior?, ¿Quién no ha intentado dejar de fumar, ha sufrido por amor, ha perdido un amigo, se ha peleado con alguien, ha hecho el amor, se ha roto un pie...? Ahora bien si tuviera que resaltar algo de este año que se acaba... sería la cantidad de lágrimas por metro cuadrado que mi cuerpo ha destilado. Mirando hacia atrás gracias a esta oportunidad de reflexión (y de ganar un viaje a La Gran Manzana, ¡qué coño!) me he dado cuenta de que, ante todo, el 2008 no ha sido un año fácil. A pesar de eso ha sido un año necesario para crecer y hacer camino. El 2008 ha sido el año de los dos patitos y no, no he descubierto mi objetivo en la vida como sí lo hizo Amélie, pero espero hacerlo pronto... y por qué no... puede que el año que viene sea mucho mejor que éste, ¿no? Aquí le espero, con una sonrisa dibujada en los labios ;-)

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